María, 29 de marzo, 2022

Adolescentes y redes sociales: evidencia científica, legislación, familia

¿Se siente mejor, o peor, la gente cuando utiliza mucho las redes sociales? O, visto desde otra perspectiva, ¿utiliza la gente más o menos las redes sociales en momentos de menor o mayor satisfacción general con sus vidas? A veces estar en redes sociales nos hace sentirnos mal. A veces sentirnos mal nos hace recurrir con más frecuencia a las redes sociales. A veces estar en redes sociales nos hace sentirnos bien. A veces sentirnos bien nos hace utilizar más las redes sociales.

La relación entre uso de redes sociales y satisfacción personal (bienestar emocional, salud mental) es bidireccional por naturaleza. Además, cuando se pregunta a alguien sobre esa relación entre redes y satisfacción, la respuesta se basa casi siempre en la percepción propia tanto sobre cuánto se usan las redes como sobre cómo de bien o mal se sienten.

En definitiva, el estudio de la relación entre uso de redes sociales y bienestar o salud mental es complejo. Los titulares parecen empeñarse en lo contrario, y algunos expertos también. Hace unos meses se desvelaban los conocidos como ‘Facebook Files’ y nos enterábamos de que la compañía (Meta) ocultaba o minimizaba a propósito su conocimiento sobre cómo la red social Instagram puede resultar nociva y tóxica en términos de salud mental, especialmente para chicas adolescentes. La cascada de noticias parecía convencida de que todos los adolescentes son iguales y de que había (hay) una relación directa entre usar Instagram y estar peor.

Pero decir que las redes nos hacen infelices o nos deprimen es tan incompleto como decir que nos hacen más felices o menos deprimidos, tan incompleto como decir que no tienen ningún efecto sobre nuestro bienestar. Las diferencias individuales entre personas, entre etapas vitales e incluso en una misma persona durante momentos distintos, son enormes.

Adolescentes y redes sociales

En el caso concreto de los adolescentes, el tiempo que dedican a las redes sociales es una especie de ‘caja negra’, tanto para padres y madres como para los científicos o académicos que investigan sobre el tema. Desde algunos ámbitos nos cuentan que las redes sociales son peligrosas para los adolescentes -los reputados psicólogos Jonathan Haidt y Jean Twenge, que antes afirmaron que los smartphones y el tiempo de pantalla estaban destruyendo a las nuevas generaciones, consideran ahora que son las redes las culpables de esa destrucción-. Desde otros ámbitos nos cuentan que la evidencia científica no es absoluta, que no se ha establecido de manera categórica una relación causa-efecto, sino una asociación (co)relacional.

Para mejorar esas investigaciones y realmente arrojar información útil, es necesario asumir que no se trata únicamente de que las redes sociales sean buenas o malas. Se trata de conocer qué hacen los adolescentes en ellas y qué los lleva a hacerlo, de cómo se sienten fuera y dentro de esas redes y de cómo todo ello afecta a los distintos entornos en que transcurren sus vidas. Mientras algunos adolescentes pueden encontrar enormes beneficios en las redes sociales, otros pueden experimentar esas redes como una fuente significativa de malestar.

Una vía potencialmente más eficaz de analizar la manera en que las redes sociales afectan a los adolescentes y la forma en que estos usan eses redes como respuesta a su situación particular es dividir la fase vital de la adolescencia en etapas y connotaciones. Porque tendemos a considerar ‘adolescencia’ como una sola cosa, pero son muchas. Adolescencia es 13 años y también 17; adolescentes son chicas, pero también chicos. Y tendemos, también, a considerar ‘usar redes sociales’ como una sola cosa, cuando en realidad son muchas.

Nuevo estudio en Nature

Un equipo compuesto por expertos multi-disciplinares (Reino Unido y Países Bajos) acaba de presentar las conclusiones de un estudio que analiza ventanas de sensibilidad a las redes sociales asociada al desarrollo. Destaco cinco conclusiones de esta investigación, publicada en Nature:

  1. El análisis longitudinal de los datos sugiere ventanas de mayor sensibilidad al uso de redes sociales en la adolescencia que en otras edades.
  2. La relación entre uso de redes sociales y bienestar varía entre las fases de la adolescencia, con posibles ventanas de sensibilidad asociadas al género.
  3. Algunos procesos del desarrollo adolescente -biológicos, cognitivos o sociales- son similares independiente de personalidad o sexo, pero el GÉNERO se asocia a variables importantes en cuanto a la asociación de uso de redes y percepción de bienestar.
    • Por ejemplo, las chicas experimentan cambios físicos asociados a la pubertad antes que los chicos, su percepción de satisfacción con la vida empeora antes que en el caso de los chicos y el riesgo de problemas como depresión, auto-lesiones o trastornos alimenticios es mayor en ellas que en ellos. Todo esto influye en su percepción de bienestar y en su percepción sobre cómo les afecta lo que viven en redes sociales.
  4. Se producen también variaciones en relación con la EDAD.
    • En el caso de adolescentes de entre 16 y 21 años, el estudio registra una U invertida en los datos: los participantes que afirman pasar mucho o muy poco tiempo en redes sociales también afirman estar menos satisfechos con su vida que aquellos que afirman usar redes sociales menos de una hora o entre 1 y 3 horas al día. Es decir: un eso extremo, sea elevado o mínimo, es peor que un uso equilibrado.
    • En el caso de adolescentes de entre 10 y 15 años, la relación es más lineal y exhibe mayores diferencias entre chicos y chicas: las chicas que recurren mucho a las redes sociales se sienten peor que los chicos que usan mucho las redes sociales.
  5. GÉNERO + EDAD. Las chicas perciben una relación negativa entre su uso de redes sociales y su sensación de satisfacción, con mayor frecuencia, entre los 11 y los 13 años. Los chicos reportan esa asociación negativa entre los 14 y 15 años.
  6. Los adolescentes con menor percepción de satisfacción -más malestar- utilizan más las redes sociales. Y los adolescentes con una mayor sensación de malestar tenderán también a utilizar más las redes sociales en el futuro.

Los responsables del estudio piden expresamente a las compañías propietarias de redes sociales y resto de plataformas digitales que compartan sus datos con científicos independientes y, en caso de que no lo hagan, solicitan a agentes regulatorios y gobiernos que demuestren su compromiso con la lucha contra los daños digitales introduciendo leyes que obliguen a dichas compañías a ser más transparentes*.


Así que

EVIDENCIA CIENTÍFICA

La adolescencia es, en todos los sentidos, una época de cambios y todo ello convierte a este grupo de población en uno especialmente vulnerable al impacto de agentes externos en general y de redes sociales en particular.

Esa vulnerabilidad y los posibles riesgos o daños asociados al uso de las redes no representan una única cosa que afecte a todos los adolescentes, a todas las edades, en todas las redes. Cómo sea y cómo esté el adolescente, su edad, sexo, contexto y carácter, influyen en el posible efecto tanto como la propia red social.

Un uso excesivo de las redes se asocia con frecuencia a percepción de malestar en adolescentes, y la percepción de malestar en adolescentes se asocia con frecuencia a desencadenante de mayor uso de redes sociales.

LEGISLACIÓN

Las redes sociales no son entornos diseñados pensando en el bienestar de la infancia y adolescencia. La legislación es clara: por debajo de los 14 años, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) un menor necesita el consentimiento de sus progenitores para (valga la redundancia) consentir en el tratamiento de sus datos por parte de una red social. Este post de P. Duchement lo explica muy bien.

Las principales redes que utilizan los adolescentes –TikTok (13), Instagram (14), WhatsApp (16), Snapchat (13, 18), por ejemplo- también hacen referencia a la edad permitida en sus términos de uso. Adolescentes tempranos NO DEBERÍAN ESTAR EN REDES sin el conocimiento de sus adultos de referencia.

Es cierto que los dueños de esas redes sociales no se deciden a implementar medidas para evitar realmente que los menores de edad se creen cuentas y participen de estos entornos. Es cierto también que los reguladores no terminan de implementar medidas eficaces para conseguir que esas empresas se vean obligadas a cumplir con esa medida de protección. Esta lentitud impide a la ciencia conocer más sobre el efecto de las redes en sus usuarios.

FAMILIA

También es cierto que padres y madres somos responsables de facilitar un acceso gradual de nuestros iKids a las redes sociales y de acompañarlos en esa experiencia.

Existe un término medio real entre prohibir las redes y permitirlas de cualquier manera. Desde la configuración de dispositivos hasta el acompañamiento, pasando por la selección de entornos, el ejemplo o la conversación. Ninguna opción garantizará ausencia de posibles problemas.

Con cualquier cosa que leas o escuches en relación con el impacto de las redes sociales en tus adolescentes, piensa en primer lugar en tus adolescentes y no solo en las redes. Piensa en cómo están tus hijos, quiénes son, qué momento viven, qué edad tienen, si están o no están en esas redes, cómo les afecta el mundo más allá de esas redes. Piensa en si tú sabes en qué redes están, haciendo qué, relacionándose con quién. Piensa en las razones que te llevarán a permitir, prohibir o ignorar que estén en redes, para que sean razones basadas no solo en esas redes -o en los titulares- sino también en tus hijos y en (tus) decisiones informadas.

Y ya.

Besos,

M.

* Referencia del estudio: Orben, A., Przybylski, A.K., Blakemore, SJ. et al. Windows of developmental sensitivity to social media. Nat Commun 13, 1649 (2022). https://doi.org/10.1038/s41467-022-29296-3

MRC Cognition and Brain Sciences Unit, Universidad de Cambridge, Reino Unido; Oxford Internet Institute, Universidad de Oxford, Reino Unido; Departamento de Psicología, Universidad de Cambridge, Reino Unido; Institute of Cognitive Neuroscience, University College London, Reino Unido; Cognitive Neuroscience Department, Donders Institute for Brain, Cognition and Behavior, Radboud University Medical Center, Nijmegen, Países Bajos.

 

 

 

 

 

 

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