María, 10 de mayo, 2020

El «new normal» que marca la tecnología a las familias en tiempos de Covid-19

Que la pandemia que nos azota ha modificado la manera en que convivimos las familias con la tecnología es ya una obviedad. Ha aumentado el tiempo de conexión, el tiempo de pantalla, la descarga de aplicaciones y plataformas… Entre adultos y entre menores.

Hace unos días, el blog de The London School of Economics and Political Science publicó un artículo firmado por Sonia Livingstone, titulado «Digital by default: the new normal of family life under COVID-19«. Livingstone lidera el proyecto Parenting for a Digital Future en el Departamento de Medios y Comunicación de la LSE, es conferenciante, autora y una referencia internacional en términos de la defensa de un uso seguro, positivo y responsable de la tecnología por parte de niños y adolescentes.

El artículo me parece tan necesario, completo y bien enfocado que le he pedido permiso a Sonia para traducirlo al español y compartirlo aquí.


Digital por defecto: el nuevo normal de la vida familiar ante la pandemia por Covid-19

Sonia Livingstone reflexiona sobre las posibles consecuencias del hecho de que las familias estén recurriendo intensivamente a la tecnología durante la crisis por COVID-19. Su conclusión es que la vida en confinamiento tiene el potencial de precipitar un futuro digital en el que nuestras vidas sean monitorizadas y monetizadas de maneras desconocidas o de conseguir que la sociedad sea más consciente sobre los riesgos de privacidad y, por tanto, más reacia a todo lo que sea digital.

.- Hace unas semanas, niños y adolescentes iban al colegio, los padres se preocupaban por el tiempo de pantalla en casa, y el futuro digital era un asunto casi de ciencia ficción. Con la llegada de la pandemia por COVID-19, la escuela se ha hecho virtual, la preocupación familiar por el tiempo de pantalla se ha disparado y nuestras vidas se han convertido en algo digital por defecto. La tecnología es el medio aceptado para jugar, ver a la familia, hacer los deberes o pasar un rato con los amigos. Docentes, cuidadores, museos, clubs sociales, trabajadores sociales -toda la infraestructura relacionada con la infancia- se ha trasladado al entorno online. Lo mismo ha sucedido con las amenazas a una infancia segura -acoso, timos y grooming, fake news y manipuladores de todos los tipos-.

No sorprende, por tanto, que surja una nueva ansiedad generalizada sobre el futuro. Tal y como descubrí durante la investigación para mi próximo libro Paternidad para un Futuro Digital, escrito en colaboración con Alicia Blum-Ross, padres y madres asientan el ejercicio de su paternidad-maternidad basándose en su propia infancia y pensando en la edad adulta de sus hijos. En ese espacio intergeneracional que queda aislado entre recuerdos e imaginación, los padres enmarcan sus esperanzas y sus miedos y finalmente deciden los pasos que pueden y deben dar, en función de las características de cada uno.

Con la llegada de la pandemia por Covid-19, no es solo nuestra infancia la que parece lejana, sino incluso nuestra vida “normal” de hace apenas unos meses. Nuestro futuro inmediato es igualmente incierto –“cuando esto acabe” es el nuevo mantra-, pero no sabemos cómo planificarnos, y la incertidumbre genera estrés.

Lo que más llama la atención cuando pensamos en nuestras propias infancias y en las de los niños y adolescentes de hoy -especialmente y más que nunca en estos momentos- es que la tecnología digital parece ser la que cristaliza o ejerce la mayor diferencia. En comparación con otras épocas, los dispositivos digitales absorben la atención de los niños, cuelgan de sus oídos y los acompañan allá donde van. Los dispositivos y la tecnología en general llenan nuestros hogares, agotan nuestra economía y parecen haberse convertido en el foco de todos los placeres y de todas las preocupaciones; son el medio para dar una recompensa y también para castigar, y son causa tanto de conflictos familiares como de tiempo compartido. Alice y yo lo discutimos en el libro: la sola visibilidad de esta tecnología, unida al debate público y mediático sobre cómo se supone que padres y madres deben gestionarla en la vida de sus hijos, hace que todos sigamos hablando de ella, constantemente, colocándola en un lugar prioritario del pensamiento colectivo.

Sin embargo, todas las innovaciones digitales, tan indudablemente visibles, nos hacen correr el riesgo de perder de vista otras influencias trascendentales sobre la vida familiar. Las generaciones más recientes han sido testigo de numerosas transformaciones -demográficas, relativas a las clases sociales, la seguridad laboral o a la provisión del bienestar, relacionadas con movimientos migratorios, identidad política, estructura familiar… entre otras. Y son estos cambios los que de forma fundamental dan forma a las expectativas de padres y madres, alimentando sus ansiedades o preocupaciones. Son estos cambios los que empapan las decisiones tecnológicas que tomamos cada día y las que entran en conflicto con la intensidad emocional. Y son esos cambios y nuestra reacción a ellos, muy por encima del tiempo de pantalla o del uso de las redes sociales, los que determinan los problemas que niños y adolescentes experimentan. Todas estas transformaciones sociales son las que, en última medida, han determinado la poco equitativa situación en la que distintas familias se están enfrentando al reto del confinamiento, incluyendo en el reto a su capacidad para aceptar una vida digital-por-defecto.

Quizá porque la sociedad ha preferido tratar a los padres como un grupo homogéneo, criticando la forma en la que están educando en cuanto a lo digital y al mismo tiempo desviando la mirada de las dificultades y desigualdades que rodean a esos progenitores. Y así, aparecen titulares sorprendentes que informan sobre cómo, entre otras muchas noticias sobre Covid-19, se descubre que no todas las familias pueden permitirse tener dispositivos o conexión a Internet para facilitar las clases virtuales, o que los menores en riesgo son vulnerables a mayores niveles de abuso offline y online, o que los niños que necesitan Educación Especial no pueden recibir su ayuda online de parte de los sistemas de atención que antes los atendían de forma analógica.

Aunque me reafirmo en que a veces destacamos demasiado lo digital, distrayéndonos de los retos sociales y políticos que afectan a las familias, eso no significa que lo digital no sea relevante. La pandemia por Covid-19 ha desencadenado un cambio radical en nuestras vidas digitales, igual que en nuestra salud, nuestra economía o la política internacional. Con el fin de dar apoyo a los padres y de reducir su ansiedad, vemos una explosión de recursos online prometiendo ayudar a sacar lo mejor de las oportunidades online para los niños, al tiempo que se combaten los riesgos. La mayor parte de todo esto es positiva y bienvenida, pero sin duda hay que prestar atención a los detalles. Porque no todo es tan útil o provechoso como desearíamos.

Tal y como descubrimos durante nuestro trabajo de campo investigando para el libro, los padres se sienten presionados por los juicios generalizados y por las órdenes sobre cómo deben hacer las cosas, especialmente cuando las recomendaciones van acompañadas de juicios tácitos sobre qué es educar bien y qué es educar mal -o ser buenos padres o malos padres. Se habla mucho de los padres, pero se les escucha poco; son los receptores de muchos consejos, pero con rara frecuencia se les invita a discutir sus necesidades o a participar en iniciativas que puedan servirles realmente. Como resultado, gran parte de servicios y productos relacionados con este mundo de familia y tecnología se crean para “niños típicos” -clases medias, familias nucleares, padres con ciertas competencias tecnológicas y acceso a banda ancha). Mientras, otros padres tienen verdaderos problemas para encontrar y aprovechar recursos o productos adecuados para las circunstancias de sus hijos o de su familia.

Por una parte, este “nuevo normal” de la vida familiar digital se está desarrollando de manera orgánica, conforme nos adaptamos a estas circunstancias sin precedentes. Un mensaje fundamental radicaría en saber que las consecuencias serán diferentes, en función de que los padres acepten, rechacen o busquen un equilibrio entre lo digital y lo no digital, así como entre las distintas dimensiones de lo digital. Las familias más tecnológicas aprovecharán la oportunidad para disfrutar de su pasión por la tecnología y de aprender cosas nuevas. Otras familias se resistirán al asalto de las pantallas, porque asocian la tecnología a un futuro peor, de manera casi distópica, o porque están decididas a mantener formas de vida parecidas a las de antes. La mayoría de las familias buscarán algún tipo de equilibrio, aunque ese equilibrio -según vemos en nuestra investigación- puede requerir el mismo (enorme) esfuerzo que mantenerse erguido sobre un tronco que rueda, requiriendo de un control constante -y agotador- de situaciones y posibles resultados.

Por otra parte, este digital-por-defecto ha sido durante mucho tiempo una política gubernamental: un cambio gradual pero determinante que pasa de la provisión pública (cara para el Estado) a un “todo digital”. Entre otras consecuencias de esta pandemia, vivimos un experimento extraordinario al recurrir a las infraestructuras digitales de las naciones. Algo problemático en muchos sentidos. Existe desde hace tiempo una preocupación generalizada sobre las formas en que las desigualdades socio-económicas representan un acceso también desigual a, por ejemplo, el beneficio de la conexión, con el resultado de las desigualdades digitales que a su vez provocan más desigualdades socio-económicas, en un bucle vicioso.

Otra inquietud -ésta más reciente- se centra en el uso de los datos y en la vigilancia digital, sea por gobiernos o por empresas o por ambos. Al ser nuestras vidas privadas cada vez más digitales -de nuevo, más aún ahora- están mediadas por plataformas cuyas actividades son todo menos transparentes y cuyos intereses de negocio están alejados de los intereses de la infancia.

“Cuando pase todo esto”, ¿descubriremos que los esfuerzos bienintencionados de las familias para encontrar maneras en las que los niños jueguen, vean a la familia, estudien o estén con amigos durante el confinamiento han precipitado un futuro digital en el que nuestras vidas son monitorizadas y monetizadas en formas que no llegamos a comprender? ¿O descubriremos que la sociedad -las familias- se vuelven más reacias a todo lo digital, más conscientes del valor de otros tipos de vida, más determinadas a encontrar su propio equilibrio y a hacer escuchar sus opiniones?

Sobre el autor

Sonia Livingstone (@Livingstone_S) lidera el proyecto Parenting for a Digital Future del Departamento de Medios y Comunicación de la London School of Economics, una iniciativa financiada por la Fundación MacArthur. Su charla TED sobre “Paternidad en la era digital” y su podcast para Good Thinking explican algunas de sus ideas, al igual que su libro Parenting for a Digital Future: How hopes and fears about technology shape children’s lives, que sale a la venta este verano.

 

El artículo original en inglés lo tienes en la web de la LSE. — @LSEpoliticsblog

 


¿Cómo lo veis? ¿Estáis de acuerdo?

Yo quiero destacar cuatro ideas, que son sobre las que quiero seguir reflexionando:

  • Se habla mucho de los padres, pero se les escucha poco; son los receptores de muchos consejos, pero con rara frecuencia se les invita a discutir sus necesidades o a participar en iniciativas que puedan servirles realmente.
  • Las generaciones más recientes han sido testigo de numerosas transformaciones, de muchos tipos, que han cambiando de forma fundamental la manera en que educamos y lo que esperamos conseguir. No es solo la tecnología.
  • Tiempos Covid-19: ¿Estamos aceptando, rechazando o buscando el equilibrio en el cambio que la pandemia ha provocado en el uso de la tecnología por parte de la familia?
  • Además de informarnos sobre acoso, grooming, fake news, peligro de las redes sociales… ¿nos informamos realmente sobre privacidad y uso de nuestros datos?

Toca pensar… 😉

Besos,

M.

 

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